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lunes, 20 de julio de 2009

La señora inquietante del rellano

Hemos subido al rellano y hay una vieja pequeña, de pelo teñido, con gafas ahumadas. Nos saludamos con un sonido vocálico incoherente y medio mascullado. Abro la puerta y entra S, yo entro detrás, y detrás de mí la vieja se dispone a cruzar el umbral de MI puerta.

- Ah, yo entro también, que vengo a visitar a mi amiga…- casi por lo bajini.

Me giro del tirón y me pongo a la defensiva, modo cancerbero, con las llaves en una mano y el pomo en la otra. Whaaaaaaaaaaat? ¿Cómo que va a entrar en MI casa? ¿’Tamos locos?

- Oiga, señora, me parece que se equivoca, este es nuestro piso – por suerte S aunque no vive en el piso anymore, me acompaña. Está igual de flipada que yo. Estas cosas tan surrealistas no tendrían por qué pasarnos, con esta vida tan rutinaria que llevamos. ¿Por qué? Y levanto la vista al cielo, pero me encuentro con el techo del bloque, oscuro y roñoso a más no poder. El Señor no está en casa. Tampoco lo está la presunta amiga de aquí la señora de las gafas ochenteras.

- ¡No!, yo vengo a ver a mi amiga, que ha vivido toda la vida en este piso – me contesta con violencia, mala leche e indignación. Empiezo a dudar ya de mí misma y hasta de que vivo en este piso.

- Oiga, pero es que aquí vivimos nosotras, creo que se ha equivocado usted de piso…
- ¡¡Que no!! Que yo hace un año que vine a visitarla y vivía aquí, hombre.

Ahí sí que ya digo eehhhh, esta señora está como una regadera, oiga.

- Pues eso es imposible, porque…
- ¡A ver! ¿cuánto hace que vivís aquí? Pues yo vine hace un año o así y vamos…
- Pues por eso le digo, porque hace más de año y medio que vivimos nosotras aquí…
- Pues ella vivía aquí, vamos… a no ser que le haya pasado algo…

¿Cómorrrr? Ahora me acusa, indirectamente, de matar a su vieja amiga vieja, lo que hay que oír. Me mira con ojos de sospecha, bajo los cristales ennegrecidos de sus gafas de concha. Me está entrando un mal rollo impresionante. Esta noche me meo en la cama. Al fin, S tiene un momento de lucidez y pregunta:

- ¿Pero cómo se llama su amiga? ¿Se llama Milagros?- Milagros es nuestra casera, y aún a malas, oye, a lo mejor es ella la amiga, aunque esta mujer se ve mayor para ser amiga de nuestra casera, y nuestra casera no ha vivido nunca en el piso, pero sí ha vivido la madre de nuestra casera, que es una vieja sorda que… no. Se llama Dolores. Pienso.

- ¡No!- suelta con ese tonito desafiante otra vez- Se llama Mercedes. Mi amiga se llama Mercedes.
- Ah…

Descartado. Pero la mujer sigue ahí parada, cree que le mentimos. Empiezo a sospechar, y no sé por qué no se me ha ocurrido antes, que esta mujer tiene demencia senil o algo. Sí, ya sé que parece muy obvio, pero no lo era hasta el momento, nos ha pillado tan en bragas que cualquiera le dice algo. Empiezo a aburrirme, parada en la puerta, con la vieja delante, dando por culo.

- Oiga, señora, mire, a lo mejor está usté equivocada de piso…
- ¡Que no!
- Es que, verá, este es el primer piso y debajo está el entresuelo… a lo mejor es ese…
- Uhm… ¿Entresuelo? Pues… no sé, a lo mejor… - duda, por fin.
- Sí, no sé…
- Pues puede ser que aquí no viva mi amiga…
- No, ya le digo yo que aquí su amiga no vive…
- Bueno… veré a ver… ¡Cierra, cierra! ¡Perdona! ¡Cierra! ¡Perdona, eh!- grita con antipatía. Vieja testaruda.
- Vale, no pasa nada.

Tócate los huevos, no pasa nada. El susto que me ha metido en el cuerpo. Dice S: hasta que la tía no ha querido no hemos podido cerrar la puerta…

Válgame. Pero ahora me acojono y pienso en lo cerca que ha estado de meterse en mi piso, como Pedro por su casa… Imaginad las posibilidades de unas gafas y una energía como esa. Un escalofrío me recorre el espinazo. Nunca habléis con extraños, niños.

viernes, 5 de junio de 2009

Recuerdos Pisers: cualquier tiempo pasado...

Este texto le fue entregado al copista Iesus Allonsus por el amanuense Josephus Catenarius, que arriesgó su vida para que estos hechos constaran en la historia y no cayeran en el olvido para siempre. Yo, Laurae Navarrensis, los recojo humildemente con la misma finalidad, con el apoyo de Sonix Teruelis. Ecce hoc los hechos:


Aquí dejamos nuestros recuerdos. Pesan, y en un traslado hay muchas cosas que mover de un lado a otro.

En la habitación más grande, las partidas de Trivial; el “jo mai mai” intentando decir cosas ingeniosas; viendo Mujeres Desesperadas, L con temblores y ataque de nervios porque no puede dormir por el ruido que hacen los hooligans en la calle; L colgando su mosquitera para que no le vuelvan a entrar bichos enormes; Je cargándose el segundo objeto de L desde que entramos en el piso, L viendo Rebelde Way con la burla general; los conciertos de Abel arreglados por Ricardo y la paz que nos despertaba; el curry de Ricardo; las amigas de L maquillándose para carnavalear por la Rambla, el día que L volvió de la ducha, se despelotó porque nunca había nadie y en una de las ventanas del Liceu había un limpiacristales; con los prismáticos de S intentando violar la intimidad de vecinos y paseantes varios. La mañana terrible y trágica en la que L se despertó con una cucaracha gigante encima de su cuello… Las noches frías de invierno con aquel techo interminable encima y el tostón de película “La soledad del corredor de fondo”; el alojamiento a las italianas a principios de enero. La madrugada en la que S llevó a Chris a casa por primera vez…

En la otra habitación que da a Sant Pau, las historias urbanas de los vagabundos con sus frases míticas (“¡mierda!¡joder!”); las manifestaciones de los okupas y los proinmigrantes; la juerga en la Rambla; la iglesia de Santa Maria del Pi iluminada, británicos entonando cánticos. El momento en que Jo se cargó la puerta de S, que se quedó encerrada; las fotos monotemáticas de S y Jo sobre la cama sin gafas para estar más monos. Las huellas en el suelo de la noche en que tiramos agua a los guiris porque no podíamos dormir. La voz de Edith Piaf y Carla Bruni sonando en la minicadena de S; las llegadas a casa después de buscar cosas raras en las calles los martes, los días de recogida de trastos en el gótico. La noche de borrachera de pacharán y salida al Magic con Paula y Espe and company; los ensayos de S y L cantando “Johnny and Mary” y “Michelle” por las tardes con el micro y la guitarra; la tarde de música con la habitación llena de gente y L dormida en el colchón porque la música en directo amansa a las fieras; el día en que se volvió a quedar cerrada la puerta de cuarto de S y Jo y L hicieron lo que pudieron para abrirla a lo bestia, arrancando la maneta (con permiso del cabrón del administrador), con éxito.

En la habitación pequeña, todos los pisers uno encima del otro, amontonados encima de Je, incapaces de creer que Chie no conozca a Cher, mientras jugamos a adivinar famosos. Jugando con el chisme de básquet de Je, que nos cuenta cómo cantó ayer en el AK. Je metiéndose en su cuarto mientras enchufa a S y a L a sus colegas frikis tajaos para que las despellejen sin contemplaciones mientras ven una peli de culto en el comedor; el ventanuco que daba al comedor y por donde salía Je al principio haciendo el tonto; cómo todos sabíamos lo que “se cocía” en aquel cuarto gracias a la ventana y los rebuznos…

En el comedor, a la llegada de patinar aquel día en que a Jo le chirriaban los patines y quería hacer creer a L que había encontrado un pájaro con S; las grandes frases lapidarias de L, tumbada filosófica en el sofá, el comer por turnos en la mesa mínima. Las cenas, los pasteles, la comida japo casera y los sachers; Je y sus amigos privando con su lata de birra gigante. Los porrillos de L y S. El olor a la sepia que cocina S al llegar al piso. Sopia y sepia. Je chafardeando lo que las vecinas berrean para contárselo después a L con todo lujo de detalles; S y L siendo apeladas por la vecina jarta que tenía problemas con el calentador y no sé qué “movida”; el calentador que se apagaba demasiado a menudo; el minibalconcillo donde tendíamos, el día en que L llegó a casa y se encontró sus megabragas de dormir colgadas de punta a punta de las cuerdas, a la vista de todo el mundo, como un paracaídas, y las ganas de matar a Jo que era quien las había tendido; la anécdota de la colada especial braguitas de Jo, desperdiciada con el italiano; la funda naranja del sofá más viejo y cómodo del mundo, que se salía a cada rato; la forma en que a L le gustaba sentarse en el brazo del sofá y que sorprendentemente siempre era comodísimo. Los cuatro pisers embutidos en aquel sofá, cuando no hacía calor, en las tardes frías de invierno.


En el baño, cuando descubres que al tirar de la cadena sale mierda por la bañera; la doble tirada de cadena cuando son mayores; el “oh, yes!” de Je cuando salías con una toalla a la cintura/pecho después de ducharte; L ataviada con su toalla negra grande y su toalla pequeña a conjunto liada en el pelo; el mínimo espacio para los jabones; la cortina de topos que sólo tapaba una cara de la bañera, el ventanuco minúsculo que comunicaba el baño con el exterior y que en invierno te hacía desear que estuviera tapado; la bombilla que se tiró días sin cambiarse hasta que Je llegó con su implacable eficiencia y constancia a cambiarla; la única alfombrilla y los utensilios de lentillas que ocupaban el ínfimo espacio del lavamanos.

En la cocina, las cuquis; las comidas que hacía para todos mamá L al entrar en el piso; el pastel de queso de S, que arrasó en la fiesta de Marc; cuando hicimos la broma de poner la jarra del Madrid de Je en la basura de reciclaje de plásticos y nos la dejamos allí… La música electrónica día y noche de un vecino y sus conversaciones por el Messenger; las espiadas a la ventanita del hotel; fregando aquel suelo de goma azul tan raro, que nunca estaba limpio. … Las pizzas caseras con “aceite picantillo”; las noches en las que Jo se ponía a cocinar con toda su pachorra y se hacía las delicatessen más insólitas, que terminaba por comer a las 12 de la noche; las cocas del Viena y los “Boisans”, los crusanitos para desayunar y las notitas en varios idiomas para alertarnos de la existencia de manjares insospechados en la cocina de los pisers. Las cuquis.

En el cuarto de Jo, las cenas del día a día, el origen del MAL; el ataque de risa de S jugando al Trivial con Xavi, que hacía como si supiera las respuestas sin hacerlo; el “me voy a dormir, intentaré no hacer ruido” al acostarse Jo; cuando Jo descubrió en gayumbos al abrir la ventana de su cuarto que había otra señora que se asomaba al patio interior. Internéééé (junto a la ventana). En la tele de Jo, S y L viendo “Callejeros” y el programa de psicólogos y adolescentes, cenando y haciendo tiempo para salir de fiesta al Enfants o al Moog; emperifollándose esas noches para salir, y S esperando a Jo y Jo esperando a S, interminablemente, hasta el fin de sus días esperándose.

La gente de todas las nacionalidades que ha pasado por el piso: Hawaï, Italia, Inglaterra, EEUU, Alemania, Bélgica, Japón, Chile, Francia, Finlandia, Brasil… La noche en que a Jo le robaron la chaqueta con las llaves y la cartera en el Fellini; la jarta de la vecina peleándose con todo y con todos y llamado a nuestro piso a las 6.30 de la mañana (“¡Y mañana hablamos!”); Jo saltando de balcón a balcón cual felino jugándose el tipo; Je “regando” la calle desde el quinto piso tras una gran noche en el AK con Óscar; todos vestiditos de blanco para ir a la fiesta del solsticio e Igor vestido con trapos (blancos, naturalmente); la megaborrachera de L esa noche, de las chungas; la fiesta megapija a la que nos llevó Paula en Sants; S escuchando música indie y viendo pelis iraníes, L dejándonos el teléfono a partir de las 6; oyendo como cada visitante alaba nuestra comunión y se quiere ir a vivir con nosotros; Marc durmiéndose en todas y cada una de las noches en que salimos con él, cómo nos hicimos “nuestros” el ruido y las putas, S recogiendo el hilillo que molestaba a la señora María; lo molones que somos y lo sabemos.

Los pedetes de Je con el enfado de todos, especialmente de Jo; Astérix en francés; cuando descubrimos que con una entrevista descubres cosas de la gente (y de ti mismo) inimaginables. Las primeras compras en el chino, y la ilusión que nos hacía; las compras en Carrefour (“¡espartanos!”); el traslado matador y los dos policías que iban de chulos con Je; las duchas diarias de L; la caída en bici de S, que estuvo dolorida una semana; el alien en la espalda de L y su aniquilación; la señora María espiándonos y sabiendo cuándo, cómo y con quién subíamos; los shawarmas; el día que hicimos una excursión en coche por la montaña para ir a la playa con Ana; el italiano interesado en Jenny, y Pablo buscando información; el estado de ansiedad general cuando Silvia llegaba las primeras veces; el día que a Je le pintaron las uñas de los pies y al no tener quitaesmalte tuvo que ir a la piscina de esa guisa; empezando a ver “Johnny cogió su fusil” pensando que era una película de humor; el pelo de L; Jo echando un euro diario en la hucha para operarse los ojos; los imanes que nuestros amigos nos traen cuando hacen un viaje; el mensaje de L a Sa y el ataque de risa de S y Je.

Son tantas cosas que ya no caben en un post, ni en cincuenta, pero para muestra un botón de lo acaecido, del Cuento de Nunca Acabar, del País de Irás y No Volverás...

miércoles, 3 de junio de 2009

Metro Golden... presenta...

- Yo ejjqueeee estoy aquí porque me gusta ver gente, ¿sabes?...

- ... jajajajaja...

- ... que mi padresel dueño de la Mercedes...

-... sí, de la Mercedes-Benz... jajajajaja...


Vigilante de la parada del metro de Diagonal (que sigue en obras por los siglos de los siglos) a sus colegas, apostados en las barandillas de la salida.

miércoles, 22 de abril de 2009

Laura, that's hardly a story!

Seis de la tarde. Laura sale de la oficina, harta de una jornada insulsa más, harta de un lunes soporífero, como todo hijo de vecino, nowadays. En Barcelona. Se dirige a la tienda de ordenadores, hoy, al menos, va a ser el día en que adquiera su laptop nuevo. No cabe en sí de gozo (y no cabe en sí porque ha ganado unos kilillos: más vale que sobre, y tal). Se patea el Paseo de Gracia y finalmente, después de mucho caminar, llega a la tienda de informática, susodichamente mencionada con, lo que viene siendo, anterioridad.

INFORMÁTICO FRIKI 1: Hola...
LAURA: Hola, venía por un portátil que me enseñó tu compañero el informático friki 2, digo, el otro chico...
INFORMÁTICO FRIKI 1: Sí, ¿cuál es?
LAURA: Pues es este... blablabla...
INFORMÁTICO FRIKI 1: Ah, sí, mira (dirigiéndose al estante)... Es éste, es así y asao... blablabla...
LAURA: Te pagaré en efectivo porque mi tarjeta se ha estropeado y blablabla...
INFORMÁTICO FRIKI 1: De acuerdo. Mejor.

Lapso de tiempo en el que Laura se va a un cajero, pero hay un mendigo liándose un porro, con la manta instalada y el típico carrito de la compra (todos los mendigos tienen uno, y eso que son caros de pelotas). Se va a otro cajero, mil manzanas away, y finalmente consigue el dinero. Por el camino piensa "¿y si me roba?" compulsivamente. Trata de no agarrar el bolso con fiereza, porque el atracador lo va a notar, va a notar que está nerviosa y entonces ¡zas! la va a amenazar con una navaja y ella no va a poder hacer nada por evitarlo, va a tener que darle la pasta al muy hijo de una hiena, con lo que le ha costado conseguirla... No, no la pueden atracar, tiene que darse prisa. Por fin llega de nuevo a la tienda.

LAURA: Hola... Vengo porque el otro chico me está preparando la factura del ordenador portátil...
INFORMÁTICO FRIKI 2: Ah, sí... ¡Ricardo!
INFORMÁTICO FRIKI 1 (saliendo de la trastienda): Hola, ya lo tienes ¿eh?, ¿Me acompañas a caja?
INFORMÁTICO FRIKI 2 (girándose hacia mí): Ah... Al final te compras el portátil, ¿eh?
LAURA: Sí... Je, je... Ya tengo el dinero... (atropelladamente) Es que ya no puedo vivir más sin portátil... Je... Je.
INFORMÁTICO FRIKI 2: Es lo que tiene... je, je.
LAURA: Sí, je, je, es lo que tiene.

(INSPIRADO EN UNA FRASE DE JOSE'S BEAUTY, INDICADA EN EL TÍTULO).

lunes, 23 de marzo de 2009

Barriobajeras y otras clases de la Barcelona de hoy


Os voy a narrar mis encuentros y desencuentros en un sitio pijo de Barna. No estoy acostumbrada, oye. Llamadme barriobajera, pero yo me definiría más como una chica maja, sencilla y llevadera, amante de la rima consonante.

Estoy con unas amigas en la fiesta de cumpleaños de una y acabamos en la sala de baile del sitio en cuestión. Bailamos como las locas, parece que no nos hayan sacado de casa en un mes. Pero qué le vamos a hacer, si somos provincianas ya hechas a la lifestyle barcelonesa. Me pongo a sudar como las berracas y de inmediato pongo en práctica mi truco namber guan de belleza improvisada en discotecas y locales de alterne varios. Me dirijo al baño con Martita y, ni corta ni perezosa agarro el pitorro (continuad leyendo antes de pensar mal, por favor) del secador de manos, lo giro hacia arriba de forma que queda enchufado hacia mi flequillo y aprieto con fuerza el botón de encendido. Mi sudorcillo se empieza a secar y, de nuevo, mi pelo está estupendo, por unos minutos al menos. Os cuento, el baño de este lugar es, como le dije a Martita cuando fuimos a mear, un baño para follar. Está pintado de negro, super oscuro y con focos morados y azules. Vamos a ver, en este baño no se puede mear ni realizar cualquier otro tipo de actividad higiénica con practicidad ni facilidad alguna. Se nota que estamos en la parte alta de Barna, me digo. Un baño con mucho estilo pero que es un coñazo, vamos. Pero eso forma parte de la primera visita al lavabo. En mi segunda visita, la estrictamente dedicada al cuidado de mi peinado y la que os estaba relatando, yo me hallaba inmersa en un éxtasis de aire cálido, envuelta en el suave sonido ensordecedor del potente secador de manos, con los ojos cerrados contra el viento, al más puro estilo Paulina Rubio en sus sesiones de fotos, cuando se abre la puerta y, en tropel desordenado y ruidoso entran una marabunta de hormigueantes pijas. Oigo, porque tengo los ojos cerrados, os recuerdo.

Se acaba el rato del secador. Por el espejo veo cómo una de las pijas (pelo largo, escaladito, liso, moreno, cara de palo, alta, flaca, vamos como todas) me mira escandalizada, como si pensara que yo, por meter mi cabeza (de peinado menos convencional que el de ellas seguro, aunque se haya calificado a mi melena de nada menos que “burguesa”) bajo el ruido atronador del secador de un váter público (nótese el bajón de categoría que ha sufrido el recinto de repente), con el lápiz de khol corrido, el outfit de semigótica decimonónica que llevo y mi cara de verdulera del tres al cuarto, fuera (‘neng’) menos persona que ella. Estas pijas. Giro el cuello, la puerta me queda ahora a la derecha a punto para salir escopeteada de allí, y ladeo la cabeza ligeramente hacia la pija que se ha sobresaltado al verme toda puesta en el tuneo de mi look, esa pija que ha puesto cara de ohmygodwarningwarningoseamiradlato-dasloquehaceestatipa. Es una petarda y lo sé. Y ella, en el fondo, también sabe que es una petardaca. La miro, pues, con cierto desprecio y aire de superioridad infundado, fundamentalmente, por la entera certeza de que yo, si bien no tendré más clase ni más glamour, sí que soy más apañada que ella de aquí a Lima. No me hace falta agarrarme de los pelos con ella, ni siquiera me hace falta preguntarle si desea darse de piños conmigo afuera (mmm, me parece que para volver a entrar hay lista VIP y, seriously, I don’t think I could make it again, que he entrado by the face), como tampoco pienso abrir la boca ni mirarla echando atrás la cabeza. Con esa mirada de minisoslayo ella ya sabe lo que hay. Me voy del baño, no lo aguanto más. That bunch of posh bitches is really pissing me off, coño. Es que lo que tiene subir a las altas esferas es que se te pega el gilipolleo internashonal este. Otra de las cosas es que te das cuenta de que la mierda es mierda en todos lados y de que los meódromos apestan a meados igual, sean las pijas quienes cambien el agua a las olivas o shake their lettuces como si es la virgen santa. Me fui del lavabo y Martita vino al cabo de media hora diciendo, toda borrachuna, que se había desgañitado gritando mi nombre en los lavabos, pensando que aún estaba yo dentro de alguna de esas cabinas mortuorias de iluminación folladora, y que, claro, las pijas la habían mirado mal. Le expliqué lo acecido y se murió de la risa.

¡Ja! Barrioaltaneras a mí.

lunes, 9 de marzo de 2009

Crónicas Bampíricas en Varcelona

Me obsesiono con una serie, ya sabéis, como me obsesiono a menudo con cosas. Lo he decidido ya: voy a adquirir un póster de True Blood. Ya oigo las voces que se levantan desde el tapiz internáutico bloguero de mis lectores-amigos, ¿¿otra vez un fucking post sobre True Blood?? Pues sí, sí, It’s my blog and I’ll write what I want to

Pues me dirijo a la tienda de cómics más famosa de la ciudad condal, sorteando todo tipo de personajes rambleros a los que me desacostumbré con el desuso y el olvido de mi antiguo hogar, probablemente convertido del todo en nido de habitantes cucarachiles, entre otros. No me interesa saberlo. El caso es que me acompaña mi amiga Cinta, nos metemos en la tienda de pósters, atestada hasta los topes. Miro en derredor, miro hacia mis flancos, oteo el horizonte, bajo la visera y me dirijo al mostrador. Hay un tío grande, mayorcete, con gafas, de espaldas anchas, pelo canoso y manos destroyer. Se hace el interesante. Debe pensar que es uno de esos maduritos de voz grave y pose altanera que interesan a jovencitas (ejem) incautas (ejem) como yo. Pero, al preguntarle yo por el susodicho póster responde, con cara de haber mordido un limón:

- ¿¿¿¿¿¿True Blood?????? ‘¡No!
- Vale.

Reculo y me meto entre las pancartitas de pósters. Paso tres de ellas, en la sección de bebidas (uno de Coca-Cola, otro con un montón de licores en estanterías y otro que no recuerdo) y allí está el póster. Rojo como la sangre, con letras blancas y la botellita de marras en la esquina derecha del póster. Sonrío, triunfal.

- Aquí está – el deje de mi voz revela felicidad.
- ¿Lo has encontrado? – Cinta curioseaba por la tienda, pero ahora ha visto MI PÓSTER.

Me aposto en el mostrador mientras observo cómo una chica se dirige al antipaticoide dependiente, que está enrollando sus dos pósters, preguntándole:

- ¿Me lo puede envolver para regalo?
- ¡¡No!!
- … - balbuceo entrecortado inaudible…
- No… - intenta arreglarlo- no envolvemos para regalo… no, no envolvemos. Es el sistema – coge de la mesa el plástico cilíndrico, señala a su izquierda, colgados en la pared hay varios tubos anchos de cartón duro – si quieres, lo tendrás que comprar tú.

Mientras tanto pienso: “ahora se va a joder porque le pienso decir que es un puto gilipollas y que no tiene ni puta idea de lo que tiene en su tienda, es más, ni de lo que coño hay por el mundo, porque mira que no saber que tiene un póster de True Blood en su puta tiendecita de los cojones… pues ahora se lo voy a decir, en plan pedante, para que se joda el muy… petulante. Ale”. “Capullo”, añado. Entonces, Míster Simpatía termina (literalmente) con la chica. Se gira hacia mí y le digo:

- El 2118.

Vuelve con el póster estirado, contemplándolo, curioso, una mano en cada extremo del cartel, como si fuera el pregón de su pueblo. Me mira, se sonríe. Vuelve a mirar el póster. Me quedo quieta frente al mostrador. Rebusco en mi bolso. No me salvo. Mierda, ¿qué coño está diciendo?:

- Vaya, otro póster de vampiros… - Mierda, coño, joder, SABE lo de la serie, entonces, ¿ por qué cojones no se ha molestado en mirarlo?- sí que eres tú vampírica… - S. P. M*… la tienda está a petar de gente, maldita sea, goddammit, no sigas, cierra el pico, cállate la boca…- ¿No serás tú una vampira?

¿No serás tú un gilipollas de marca mayor? Me siento freaky y violenta a partes iguales. olvido decirle todo lo que había pensado.

- Je. No, es que ESE ERA EL QUE BUSCABA ¬_¬'
- Ah… ¿era ese?...

Espantoso ridículo en público. La mitad de la tienda piensa que soy una freak amante de Buffy Cazavampiros (puagghh). La otra mitad piensa que el dependiente es subnormal profundo. Ese pensamiento me consuela, y salimos de la tienda comentando lo falto que está el tío de un par de buenos soplamocos (“¡Zas! ¡En to’a la boca!”- pienso).





Suckeeeeeeeeeeeeeeeeeeerrrrrr

*Su Puta Madre

miércoles, 18 de febrero de 2009

Lo peorcito de cada casa II (y último que se sepa y por el momento)


Porque lo prometido es deuda, y porque esta mañana he tenido otra experiencia desgraciada más en el metro de mi amada Barcelona, os dedico este post. Ante todo, no os alarméis, simplemente he llegado cinco minutos tarde al trabajo por culpa de las aglomeraciones de la gente, que parece que salen de su casa cual cucarachillas buscando la salida. Señores, que nosotros no superaríamos un desastre natural. Ellas sí.

El tonto de turno que os comentaba, es pequeñajo y tiene una cara cuadrada de bobo impresionante e impresionable. Tiene la boca un poco torcida hacia abajo, los ojos de huevo cocido, o de pescado recién enfilado en un anzuelo. Jódete. Es bajo, muy bajo, retaco. Se agarra a la barra central como si le fuera la vida en ello, se aferra al metal cilíndrico cubierto de huellas dactilares que no identificarían a nadie y sí a todos, una huella dactilar en masa, una gigantesca pangea de babas, mocos, escamas, efluvios de perfume, restos de jabones varios y de pigmentos y condimentos de aperitivos diversos y chucherías inimaginables que pasan por las manos de la gente. Por no hablar de otras cosas que pasan por las manos de la gente (creo que ya os ha dado el suficiente asco como para sugestionaros tanto que al final de este post odiéis al enano coñón tanto como yo). Lleva unos cascos de esos inmensos, con los que la gente va por la calle como diciendo, eh, que yo escucho solo buena música, nada de reguetones ni julandradas, yo soy un entendido en música, un melómano como dios manda. Pues él lo lleva, porque controla mogollón de música, escuchando sólo a los grandes, mientras mira a la gente con cara de aguilucho, y abomba los brazos alrededor de su tronco, dentro de la chupa tejana que se cae de mierda, que lleva. Lo hace para conseguir más espacio, porque él es más importante que nadie, él es él, y cuando llega su parada se pone nervioso y escudriña a todo el que se cruza con su mirada, abre las aletas de la nariz compulsivamente, como un toro que hubiera de arrancar para salir de la barrera y si se han abierto las puertas y tienes la mala suerte de encontrarte junto a él y no haces ademán de moverte, y si encima eres calvo y alto, como le pasó a ese chico el otro día, el tío empieza a gritarte que te quites, que te quiteeeeeeeeeeeeees, coño. Y si le miras, perplejo, como diciendo de dónde cojones ha salido este enano cabrón, hijo de una hiena, puede saltar a tu yugular (porque para eso sí que tiene tiempo antes de salir a trompicones del vagón) y gritarte, amenazante, fuera de sí:

- ¡Gilipollas! Que eres un gilipollas.


Y hay que joderse.

jueves, 22 de enero de 2009

Lo peorcito de cada casa I


Si alguien dijo alguna vez que el metro es para ratas, a pesar de la connotación elitista y borjamariense que esta afirmación pueda tener, hoy no puedo por menos que darle la razón. Porque el metro saca lo peor de nosotros mismos, o porque al metro sólo se sube gente de lo peor. No sé muy bien.

Todas las mañanas me embuto, cual sardinilla enlatada, o cual relleno de morcilla de cebolla en pellejo bien curtido, en los vagones del metro de Barcelona. Parada de origen: Sagrada Familia. Parada de destino: Diagonal, esa estación que está eternamente en obras, y de la que una voz femenina antipática, monocorde, monótona, monolítica, impenetrable, estúpida, tarúpida y recalcitrantemente pedante, de perdonavidas, repite sin cansarse ni un solo día que la puta estación está en obras y que nos vamos a joder vivos porque si queremos hacer trasbordo vamos a tener que recorrer media Barcelona, amén de salir a la calle, esquivar a los repartidores de periódicos gratuitos, caminar por entre el polvoriento vallado sobre una serie de flechas amarillas, que Dorothy para volver a Kansas no tuvo más problemas ni de coña. Además esa voz lo dice todo en catalán "xava, da Barsalona, nen". La odio, por Dios. Esa tía el día que grabó el mensaje no había descubierto los yogures del Coronado, fijo.

Pero eso no es todo, ya que entre la estación de origen y la de llegada, en un trayecto de sólo dos paradas, y calculo que tres o cuatro minutos, pasan cosas que merman la moral y el amor por el género humano de cualquiera. Para comenzar, todas las mañanas, sin faltar ni una, alguien que se encuentra a ti pegado como aquel quevedesco hombre a su nariz, alguien que te mete por las narices su apestoso perfume o que a menudo está a punto de sacarte un ojo con la página 34 de su ejemplar de "La sombra del viento", o que te está dejando sordo con su mp4 a toda hostia, reproduciendo "Baila morena", versión reggaetonmixhop 1.3 de Pappy SuperchulazoDJ, te pregunta sin dilación, con suma desfachatez: "¿Vas a salir?". Entonces le miras y le dices: "No, pero no puedo moverme (señoraporquesuculometieneempotradacontralabarradelcentroy cuandolagentebajeyaveremoscómocoñosalimos)" o "Sí", escueto y tajante, en cuyo caso has triunfado, porque puedes permitirte el lujo de pensar: "Ahora te vas a esperar, gilipollas, porque yo estoy primero, y si no salgo yo, tú no sales ni de coña, capullo, te vas a quedar aquí y vas a pasarte la parada porque el piii, piii, piii de la puerta suena enseguida y las puertas, ¡pum! se cierran herméticamente y te vas a ir hasta Hospital Clínic y vas a llegar tarde a la oficina, subnormal profundo". Y tras responder sí, no te mueves, te quedas petrificado en el sitio hasta que la puerta lleva media décima de segundo abierta, lo suficiente para acojonar a ese gilipollas cagaprisas y reivindicar tu derecho a no ser increpado de buena mañana por desconocidos tocapelotas que son incapaces de levantarse antes porque su vida es tan mierda que les repatea las tripas ir a la oficina a hacer lo mismo cada mañana. A ti también te repatea, pero al menos tu vida no es tan patética, te dices. Y por las mañanas, a mí no se me habla, cojones. Aprended.

Finalmente, todo el mundo consigue salir con más o menos éxito del tren, a trompicones, a trancas y barrancas o con cierta elegancia y ‘savoir faire’, a veces con algún incidente amenazante y violento por parte de algún pasajero, pero eso pertenece al siguiente post…

viernes, 19 de diciembre de 2008

¡¡¡¡Piiiii, piiiii, Correos!!!! - ¡En eso estamos!

Experiencia en la oficina de Correos de mi distrito. Postal. Que salgo de mi pueblo y llevando años en esta capital, resulta que no tengo ni pajolera idea de cómo funciona Correos. Primero llego a una oficina blanca y enorme con sólo dos empleadas. Hago cola detrás de un chico moreno con pinta de pijo, un sujeto angloparlante no nativo que articula sonidos anglosajones a través de su móvil, con risitas entrecortadas y yeahs yeahs por doquier. Hago cola detrás de él hasta que termina su turno, la empleada semi-pregunta quién es el siguiente al sonido irritante de piiiiiiiiiiiiiip, y a la lumbre de una miniluz roja que parpadea en algún lugar del techo. Detrás de mí han entrado dos personas a las que me he entretenido en escuchar para adivinar de dónde proviene su dialecto. Manías de una. Estoy encantada con su cantinela dialectal hasta que se percatan de lo mismo que yo: resulta que la cola va por números, y de pronto él se empotra contra la máquina que hay al lado de la cola, para recoger un tiquet, el muy @-+*}<> lo que sea. Sin preguntarme si quiero el primer tiquet que ha sacado, el número 22. Sin ni siquiera mirarme a la cara, sin tener en cuenta y en consideración que llevo como 10 minutos más que ellos en la cola, esperando a que aquel otro @-+*}<> engendro termine de hablar estúpidamente con alguien del otro lado del charco o de enviar su paquete, ¡pero que acabe algo ya!

No, no, miro de reojo a esta pareja de unidades de gentuza, y ni se dignan a decirme, tú estabas primero, pasa tú, ni nada. Es más: llega el momento de atender al siguiente (han transcurrido, a todo esto, unos 4 segundos desde que la empleada del mostrador levantó la nariz para pseudo-preguntar quién era el siguiente) y ni siquiera me miran. No existo en esa blanca oficina de Correos. Me pregunto si llevando a mi lado a un novio con un morramen hasta Lima, que me protegiera ante las colas de ¡2! personas y ante las máquinas de tiquets del mundo, esto me hubiera ocurrido. Qué desvalimiento, cuasi similar al de Madame Bovary. Ay dios mío. ¡Emma!

Eso no es todo porque cuando la culigorda con vaqueros de brillantitos termina su turno, me acerco al mostrador y la empleada dichosa me dice que no, que es el B y que coja número. Tócate los cojones, Mariloles. Hay que hacer un máster para ir a correos, señores. Finalmente me peleo con la máquina, agredida ya en múltiples ocasiones, y hago la cola para recoger mi paquete.

Ay, qué hostilidad, el funcionariado español.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Atarazanas

En un día pachucho en la Rambla, un hombre viejo con gafas de concha vende/ofrece/muestra paquetes de klínex en una boca de metro que no se lo traga. Murmura con una voz muy tenue, un hilillo y mira vagamente a la gente, con unos ojos azul celeste. Hace ademán de entregar los pañuelos a cada uno que pasa, con su media voz y su gesto poco resuelto, de forma que nadie le hace el más mínimo caso. De pronto le miro, con cara de pocos amigos, como si eso fuera verdad, como si fuera verdad que no tengo amigos, como si fuera verdad que uno está solo, y tampoco le cojo los pañuelos. Mientras bajo la escalera se me saltan las lágrimas, será el mal día, será el otoño, será el polvo de la estación en obras. Siento tentaciones de volver sobre mis pasos. Será que no tengo unas monedas que escurrir en su mano. Será que a mí no me hacen falta. Entonces prosigo. Una mala mañana la tiene cualquiera. Será eso.

Por la tarde, hundo la cabeza entre las manos y me echo a llorar, despacio, hasta que me escuecen los párpados. Será que no tengo tiempo para llorarlo todo.

domingo, 18 de noviembre de 2007

La familia es sagrada


Los pisers se han mudado. De casa y de piel. De vida y de domicilio. Ahora ya no pasean por el centro hasta altas horas de la madrugada, rodeados de borrachos, putas y hooligans. Ahora viven en un barrio respetable y tranquilo, con altos carteles de Mariano y muchas tiendas de téxtil chino.


Bienvenidos a vuestra nueva vida, pisers.

jueves, 11 de octubre de 2007

El amor en los tiempos de la cólera


Él: Bueno, ¿Entonces qué? ¿Me vas a denunciar?
Ella: A ver, si no me pegas ni me insultas ni me faltas al respeto más, no te denuncio... Pero es que a ver...


(Extracto de una conversación oída en Las Ramblas de Barcelona, año 2007, siglo XXI. Una pareja heterosexual caminando Rambla abajo, al lado del Carrefour).

lunes, 8 de octubre de 2007

Rincones de antaño

Los pisers dejarán su morada en breve. Pero no por ello van a dejar se ser ellos mismos. Ni van a dejar de ser pisers. Ni van a dejar de vivir pobre y miserablemente. Ni van a dejar de vivir. Uníos al homenaje que los pisers quieren rendir a su humilde refugio. Éstos han sido nuestros rincones durante meses. No dejemos que el odio, la injusticia social, la especulación inmobiliaria y la existencia de clases siembren el malestar y los deseos de venganza y la rabia y los instintos asesinos y las ganas de matar a todos los cabrones timadores que hacen vivir a la gente en condiciones infrahumanas sufriendo las siete plagas de Egipto más las siete del Apocalipsis, montados en los cuatro corceles del ídem, y que además no te arreglan nada. Eso. No nos dejemos llevar por la Divina Ira y no cometamos el pecado ese que hace que Brad Pitt en Seven acabe convirtiendo su vida en una puta mierda y dando motivos a Kevin Spacey para que se pajee con las yemas de sus dedos en carne viva.

Larga vida a los pisers.

martes, 24 de julio de 2007

Entremeses y entreactos en la Rambla

¡Pardiez!- me dije- ¿es que en un entremés de Lope de Rueda estoy? ¿me engañan mis oídos o en el siglo XVI he amanecido? Nada, sólo eran berridos en la calle. En esa calle tan concurrida de mala gente, villanos, putas, malandrines, camellos, bribones, trileros, truhanes, cabrones, golfos, yonquis, bandidos, atracadores, malhechores ¡Cuánta bellaquería en esa calle sola!
En esa calle las meretrices les chillan a los camellos a las 5 de la madrugada. No se puede pegar ojo, vamos. En esa calle, de redadas, de batidas, de duelos y de justas, amanezco cada mañana, desvelada por el bullicio.



En una calle de la Rambla, 4.45 a. m., Barcelona.

Meretriz: ¡Hijo de puta!¡Moro mierda!
Camello: ¡Calla sorra! Que te calles, so mamona…
Meretriz: Tú eres un embustero, más cabrón que naide, tú te vas a la mierda, ¡so moraco!
Camello: Pero tú mujer mala, tú mujer sorra, ¡pedaso puta!
Meretriz: ¡Cállate que me estás tocando los cojones! ¡Te voy a meter una hostia!
Camello: Tú muy mala, tú llamar mí, drojas, ahora no sé…
Meretriz: ¡Pero que te calles que no te se entiende!

En fin, Serafín, para que veáis por dónde iba la conversación, si así puede llamársele. No tan distinta resulta, tras breves pesquisas literarias por mi parte, de este fragmento de diálogo entre el tipo del negro y el del señor en la excelentísima

COMEDIA LLAMADA ROSABELLA
de Martín de Santander (1550)
Fragmento de la Jornada I

ANTÓN: ¡A, xinor!
JASMINIO: ¿Dó vienes, perro traydor?
ANTÓN: Debaso mandir amuaja.
JASMINIO: Habla claro, malhechor.
ANTÓN: Re cabayo.
JASMINIO: ¡Qué dolor!
¿No hablas, costal de paja?
ANTÓN: Almuassado
Atón, xiñó, no ogado
cabayo turo rimpar.
JASMINIO: Pues dime, perro malvado,
[…]
¡O, Mahoma,
puto moro, carcoma!
Passa aquí, vellaco, perro.
ANTÓN: ¡Dora diabo que ra toma!
JASMINIO: Notad qué gesto que assoma;
yo te cargaré de hierro.
Dexa a mí;
¿no quieres passar aquí,
malino, pelo de frisa?
ANTÓN: Su mecé yamar a mí
Francisco, nunca decí
monicongro y amarpisa.
JASMINIO: No t'entiendo;
todo te lo estás comiendo.
¿Qué parlas allá entre dientes?
Estoyme yo deshaziendo,
tú, perro, más encendiendo
mis passiones y accidentes
.
¡Qué trabajo!
Ve d'ay cara d'espentajo,
tira allá essa trapaceta;
ve en un punto, escaravajo,
y en la rima de más baxo
hallarás la escobeta.
Limpiarme has
estos pelos por detrás
que están en este capuz.
¿Vienes? De hecho lo has.
ANTÓN: Ra veniro. Ayaro as
bona xer para tacuz.
Ora ve
rimpar nego a su mecé
caça, su bona pícara,
fatasía su gugunde.
JASMINIO: ¡Por Dios, asno, que te dé!
¿Hasme de fregar la cara?
Albardado
no estoy. Soy a determinado
quebrarte la tripa a coces.
¡O, traydor, perro malvado,
qu'el sentido me has quebrado
a poder de darte bozes!
Ve, enemigo,
malpesar quede contigo.

Ay, la ciudad.

viernes, 20 de julio de 2007

Ocurrió cerca de tu casa...

Esta noche he dormido plácidamente. Sí, me he despertado a eso de las cuatro y pico de la mañana, pero de todas formas me despierto casi todas las noches en algún momento del sueño, porque se me cae uno de los tapones del oído, porque me entran ganas de mear o porque me entra sed, más o menos en ese orden de frecuencia. Esta madrugada había oído voces, pero, oye, como cada noche. Nada nuevo bajo el sol. Pero, por lo visto, hoy sí, hoy ha habido tangana, y los pisers sin enterarse. Que se tiene que enterar una en el trabajo.

"20/7/2007 13:26 h OPERACIÓN EN CIUTAT VELLA

Detenidas 40 personas en una redada contra la prostitución en Barcelona
• La mayoría de las mujeres identificadas tienen nacionalidad nigeriana, y los hombres, gambiana
AGENCIASBARCELONA

La policía ha detenido esta pasada madrugada a 40 personas en una redada contra la prostitución y la inmigración ilegal en la Rambla de Barcelona. Todos los detenidos son de origen extranjero: 30 cuentan con documentación en regla y los otros 10 tienen abiertos expedientes de expulsión.

En la redada, que se ha realizado sobre las 4.30 horas en la Rambla, entre las calles del Carme y Hospital (Ciutat Vella), han sido identificadas un total de 64 personas, de las que 40 no han podido presentar documentación, por lo que han sido detenidas y trasladadas a la comisaría de Via Laietana para su identificación. Ley de extranjería.

De los 40 detenidos, 28 son mujeres --la mayoría nacidas en Nigería-- y 12 hombres --casi todos de nacionalidad gambiana--. En el caso de las mujeres, podrían ser acusadas de incumplir la ordenanza cívica municipal que prohíbe la prostitución en la calle, aunque a las que no llevaban documentación se les podría aplicar la ley de extranjería. Fuentes policiales han informado de que redadas de este tipo se realizan cada uno o dos días en algún punto de la ciudad para detectar irregularidades en la vía pública. "

¿De verdad no se han dado cuenta de que cada noche vemos a los Mossos y a las putas codo con codo y de que para nada hay persecuciones policiales todos los días? ¿Esperan que nos lo creamos? ¿Esperan que nos creamos que luchan por la legalidad de la prostitución?¿Esperan que estemos satisfechos porque limpian las calles de esta nuestra cosmopolita ciudad de la escoria
inmigrante?

Mientras tanto, yo, tan pancha, durmiendo a pierna suelta.

lunes, 9 de julio de 2007

Madame Blavatsky, una urbanita más





Le había dado mi shawarma. Ni siquiera había tenido muchas ganas de comerlo, pero lo había ido a comprar, y una lata de refresco sin gas, poco fría. Cuando sales de un antro lleno de humo eso te da lo mismo. Me había llamado cuando yo ya tenía la llave en la mano. En una retahíla sin fin me contó su vida en verso, y que la gente de esta ciudad es una desaboría y que el agua es pésima, me he quemado con el sol, todo el día en la playa tirado, aunque iba en chándal, y parecía un guiri. Digo ya somos dos. Me vi envuelta en una vida ajena sin comerlo ni beberlo. Era sevillano y me contó que le habían robado la maleta, tres rumanos, a punta de navaja. Que había salido del hotel, que iba para la estación de Sants, que le habían robado la maleta. Que no tenía nada. Creo que había pasado el día por ahí. El shawarma en mi bolso dorado. Las llaves en la mano. Quería saber si le podía bajar agua, porque el agua de esta ciudad es una mierda. Pero yo no tenía agua, subir cinco pisos con 5 o 8 kilos a peso a veces me quita las ganas de vivir. Ese día no tenía agua en casa. Tampoco iba a subir cinco pisos por el sujeto éste de ojos azules que me había parado y que había captado mi atención preguntándome por la Plaza Catalunya. Luego empezó a hablar y no pararía. No había comido en todo el día, no tenía dinero para los billetes, no tenía identidad, no tenía móvil, no tenía nada. Las llaves de una casa que se encontraba muy lejos. Yo, las llaves de una casa que estaba allí mismo. No había comido nada y yo saqué el shawarma que asomaba por mi bolso y se lo tendí. Le daba vergüenza, era raro ponerse a pedir en la calle dinero a la gente, a él le daba vergüenza, en esta ciudad hostil. Se había acercado a una mujer que había huido despavorida al verlo. Pero iba normal, no iba vestido de indigente, eh. Pensé, como yo, lo de huir despavorida. Si no me llego a girar y a ver que era un chico normal. Normal.

Me negó más de tres veces, por vergüenza, no cogía el shawarma, pero yo se lo tendía. Y usted se va a quedar sin comer. Digo no me llames de usted. Y es que en su tierra les dicen de usted, yo sabía lo de ustedes, pero no lo de usted. Porque mi familia es de Cádiz. Yo se lo tendía y al final lo cogió y lo comió con avidez, y bebió la lata. Entonces le iba a dar dinero para una botella de agua, quería que lo acompañara yo, que viera que no me pedía dinero sino agua, que es una gran diferencia. Como los mendigos que un día tienden la mano y ya no la vuelven a recoger. Pero éste tenía dinero, sólo que se lo habían quitado. Había venido a una entrevista de trabajo. No sé si al final me quedaré, porque le pagaban el doble, pero claro, en esta ciudad hostil, en esta ciudad de gente desaboría, de imperio turístico y de agua repugnante. Me dijeron una vez que las depuradoras no filtran bien las compresas y los condones usados que se tiran y que eso hace mermar la fertilidad de los hombres. Desde entonces subo cinco pisos con 8 kilos a peso. Aunque soy una mujer, quiero preservar la especie. Y no sabía si vendría a Barcelona, pero sí que si venía me iba a invitar a comer, a mí, a mi marido, novio o amante. Pero no tengo, le dije, así que si vuelve le saldrá barato. Le iban a pagar el doble si venía, pero quién se viene a una ciudad húmeda y sofocante como ésta, Barcelona es poderosa, Barcelona tiene poder. Entonces fui con él a comprar el agua. Tenía el shawarma medio devorado ya, a esas alturas, y una sed de mil demonios. Volví al paki y compramos agua de la más fresca. Cógete unas galletas para desayunar mañana, cuando estés tirado en la playa achicharrado y escocido sin saber si te puedes ir a casa, pensé. Pero no quiso, porque me lo van a robar en la playa o se me va a caer, como los cuatro euros en monedas que le ofrecí y que tampoco quiso porque no quiere dinero. Quiere volver a casa. Quiere dormir en una cama y ducharse. Pero yo no podía ofrecerle mi casa, ¿podía?, que vivo con más gente y tenemos normas muy estrictas acerca de qué gente llevar a dormir a la chabola de la rambla, normas estrictas, dice. Y no te conozco, veo que eres buena persona pero no te conozco y mis compañeros no sé si… entonces dijo que lo entendía. A todo esto la historia no me cuadraba mucho o no sé si buscaba yo una excusa para no tener cargo de conciencia si no le acogía. Había ido a los mossos, sí, a poner la denuncia, pero no le habían podido ayudar más, no tienen fondo para billetes de gente que se quiere ir a casa sin identidad ni móvil. Son funcionarios. ¿La familia? Bien, gracias. La familia estaba de bodas de plata en Italia. ¿Puede alguien inventar una mentira tan sublime? Bodas de plata, 25 años de amor entre tus padres, (¿sin hermanos, en Sevilla?). Y en Italia. Nada de en Venecia, en Florencia o en Verona. En Italia. En esa amplia extensión que es todo un país. Todo le debía parecer tan grande entonces a Ángel, dos besos, que entonces el viaje era a toda Italia, como estaba perdido en el mundo.

Dicen los que me conocen y me consuelan que nunca olvidará eso, un shawarma caliente, un agua fresca y un adiós frío, dos besos. Como si te presentan a alguien en esa discoteca alienante de la que vienes, con gafas de sol de noche. Pero tal vez nunca lo olvide, porque lo dejé tirado y me fui a mi camita. Aunque dijo que me había portado. Dijo que se iba a ir para la plaza, él no sabía que toda la rambla es rambla y no es plaza. Los que me conocen y me quieren dicen que ya hice bastante, los que le conocen y quieren a Ángel no estaban allí, no sé lo que dirán. Pero allí no estaban, ¿los viste? Siempre, para los que te quieren, haces bastante, pero para los que no te conocen pero te piden ayuda, en cualquier ciudad hostil, sombría y alta del mundo, ¿haces bastante? ¿En qué se ha convertido la ciudad? ¿En qué nos hemos convertido los urbanitas?

Luego no podía dormir, por eso y porque en mi casa hay
bichos. Insectos urbanitas.