I
Es de flesh y hueso de lo que está hecha mi escarapela
Y se encuentra muy adentro,
Tan distintiva del alma,
Y cuando lidian mis huesos
Por repelarse en la muerte,
Los siento como tatuajes que se me hunden en la carne.
Todos estos armazones, que pensé yo de adamanto,
No son más que piedras angulares
(No que no sean importantes)
De mis ruinas y diretes,
Y en cada uno, oraculares,
Está grabado un verso de mi pecho,
Tinta invisible, tatuaje acerbo.
Si era impertérrito este litio de mis huesos,
Se ha vuelto en un marfil extravagante,
Y hacen de aquél variadas chucherías
Pues es mi cuerpo ya de comerciantes.
Si la osamenta que yo arrastro es transgredida,
Se va a poder leer lo que hay escrito,
Y oraculando las verdades ya se encuentra
Martirizada entre los posos de mi historia,
Sin encontrar de carne ni un hilillo,
Dejando al descubierto cuando muera,
Todos los mandamientos del memento.
Compuesto en dos mitades, ya soldado,
Mi hueso coronal lleno de espinas,
Trae escrito ya el lugar de mi mortaja
Y reza un “horror vacui en mi sudario”
En letras de sumerios, cuneiformes.
Mi tarso nunca fue tan vulnerable
Como el talón del miserable Aquiles,
Pero hay grabado a fuego lento,
Con tizones,
Todos los pasos que sobre tu tumba he dado,
Todas las millas que ya he recorrido
Pensando en escaparme de tus manos,
Y desasirme así del bronco de tus labios,
Que me quedó muy dentro, en los pulmones.
Y tan tallado está mi hueso sacro,
Por ser de plata y de diamante y de resina,
De tantos zarandeos de tu embate,
Mi coxis, hueso dulce, madrecielo de las danzas,
Desjarretao como los demoniacos,
Destartalado y tan innominado,
Como otro hueso móvil de pertrechos,
Porque es una trinchera tan medrosa
(Esta coyuntura mía de hembra amarga),
Y se quedó esculpido de tu empuje,
Porque es una bisagra condenada,
Es solo un gozne eterno y tan maldito,
Escarmentado de todo deleite
Un sedimento turbio de crudezas,
Un arsenal de versos derramados.
(Astrágalo, que rezas la desgracia de pisar sin reparar mi corazón sin respirar sin auscultar sin bombear lo que la aurícula
Ventricula y oracula.
Astrágalo, Astrágalo, Astrágalo.
Se repite como un dios, hasta el infinito).
II
En mi hueso occipital,
Las historias de mil cariátides tan putas (¡esternocleidomastoideo!),
Un occipucio (un prepucio),
La hagiografía de mi vida.
Santificados los nombres
De las parias consumidas
Por la lujuria del nombre,
Son tantas memorias tristes,
Por mor de una biblia en verso,
De un evangelio salaz,
Porque tanto sacrilegio me ha de llevar al olvido,
Pero rescata cantares de mi lúbrico lunismo
En huesos de nucas duras que oraculan ora guardan.
El hueso intermaxilar,
El del mordisco saturno
Cincelado de bocados,
De los que te di tan triste,
De los que te diera suave,
De los que me condenaste
A darte sin ton ni son
De los que me abandonaste
A merced de mordedores.
En él se pueden leer las inscripciones ebúrneas
De tantos dientes de cobre marcados en la quijada,
Grabados en la carnaza de un amante vulnerado con el que soñé despierta,
De un cariño adulterado con el que fue mi delirio.
Ya no escondo el tatuaje del primer beso que tuve,
Que ya han pasado los años y fue extirparle la lengua lo que me tiene con vida.
Y el día que yo me muera, será este hueso votivo,
Y penderá de los templos para castigo de aquellos que dejaron de morderse.
Mi hueso piramidal, tanto desentumecer
La soledad de mi almohada,
La entraña descompasada,
La respiración vertiginosa de mi escafandra asfixiante,
La congoja de estar sola
Y el anhelo de tus dientes;
Podrás leer los renglones tan torcidos de algún dios,
Para que no me sintiera sola,
Para que no me durmiera sola,
Para que no me marchara sola,
Para que no me corriera sola,
Para que no caminara sola,
Ni mirara tus ojos sola.
III
La enésima dinastía china se jugó el pellejo
Para escribir en los huesos de mi vida
La historia de un amor interpelado,
Y son, huesos oraculares,
Los que recorren la osamenta de cobre que anida dentro de mi piel,
Los que atraviesan y trasponen mis membranas,
Los que me parten en mitades y en medianas,
Como en este matadero que te conté,
Como el adamanto de tus huesos y mis huesos,
Como el maíz que flota en las concavidades de mis senos,
Como la canela excesiva de este mausoleo de tierra en que me hallo,
Donde he de combatir el eneldo que me acecha, resecado.
Los huesos oraculan mi miseria,
Oraculan todas las profecías que me he de creer,
Por que sean profecías,
Para que sean profecías,
Para que se convierta en profecía,
La metáfora que me brindaron,
De una estrella,
De una providencia,
De un hado,
De un arcano,
De un albur,
En que los huesos hayan de dar cansados pero llenos de enigmas,
De los secretos de la historia,
De todas las palabras que haya hilado,
O al menos de las piedras que he ablandado.
(“Ahora se ha vuelto blando como engrudo
Y aglutinado viscosea en mi esqueleto,
Y va secándose de nuevo como esponjas”).
"No hay religión más elevada que la verdad", Helena Petrovna Blavatsky dixit.
Mostrando entradas con la etiqueta El maíz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El maíz. Mostrar todas las entradas
martes, 5 de julio de 2011
Oracular Bones
Etiquetas:
El eneldo,
El intimismo,
El maíz,
Las obsesiones
martes, 5 de abril de 2011
El eneldo
Y son esas mujeres, retuertas y blancas,
Las que recocinean de muerte el pescado
Y hierven esos ojos de cristal viscoso,
Convierten el eneldo en polvillos de oro.
Y son las que embadurnan de tierna manteca
Todos los lupanares del amor que se muere,
Y son las ungidoras que con sangre en las manos,
Y despellejadoras de los pollos humanos,
Con ese ritual de gallina violácea,
Gritan oscuros cánticos
Del amor que se duerme,
Del perejil que crece
En los senderos, polvo,
Y del eneldo virgen te tejen las venas,
Y así entre los humores de gallos pedestres,
No saben si arrancarte el pescuezo a mordiscos,
O si untarte el gaznate con hollín y con cieno.
De todo lo que brota de la tierra almagrada,
Se ha vuelto el eneldo,
Sin sal,
Especia viciada y nauseabunda,
Que esta o aquella mujer gemebunda
Ha acaparado en toda su cocina.
Y es el eneldo inasible,
Es tanta muerte y tanto veneno
Que las mujeres dulces,
(De úteros turgentes)
No han sabido llenar su barriga de aceite,
No han sabido coger de sus tallos más verdes
Todo lo que el eneldo aún demora en su savia,
O la toxicidad de ponzoña sombría,
Narcótico furor de esta hierba detestable,
Abominable el hedor que se extendiere allende,
Y antipático el sabor que hace a la mujer tan bruja,
Bordando entre los claveles
Mil sábanas de burdeles,
Recuperando bebedizos
Para matar a las flores,
Por robar virginidades se haya inventado, el eneldo,
Y por hechicera, arpía, sáquese el ojo del sapo,
Y alíñese con eneldo.
Son esas mujeres negras,
Las que en sucios rituales
De gallinas y de sangre,
Eneldan las madrugadas y abandonan el maíz y lo vuelven todo en humus,
Porque el humus que fermenta,
Es el amor que, doliente,
Se acumula en sus gargantas,
Se materializa en cuerpos,
Se pudre bajo la tierra,
Y organiza los caminos,
Para lombrices eternas,
Para tenias milenarias,
Que devoran tantos menstruos
Que no hay bajo latifundios
Ni una gota del maíz que inunda todas las calles,
Cuando el hombre es luminoso,
Cuando el guisante amarillo da esperanza de ternura,
Y brota de las mazorcas todo lo que estaba muerto,
Todo el ungüento de madres,
Que velan a la verita
De alguna hostil fiebre brava,
Porque sus hijas calientes
Piden humus, linimento, bálsamo de sus terrores,
Y es el humus, no el eneldo, lo que las trae de cabeza,
Lo que supura en vigilia
En su entretela de perra.
Las que recocinean de muerte el pescado
Y hierven esos ojos de cristal viscoso,
Convierten el eneldo en polvillos de oro.
Y son las que embadurnan de tierna manteca
Todos los lupanares del amor que se muere,
Y son las ungidoras que con sangre en las manos,
Y despellejadoras de los pollos humanos,
Con ese ritual de gallina violácea,
Gritan oscuros cánticos
Del amor que se duerme,
Del perejil que crece
En los senderos, polvo,
Y del eneldo virgen te tejen las venas,
Y así entre los humores de gallos pedestres,
No saben si arrancarte el pescuezo a mordiscos,
O si untarte el gaznate con hollín y con cieno.
De todo lo que brota de la tierra almagrada,
Se ha vuelto el eneldo,
Sin sal,
Especia viciada y nauseabunda,
Que esta o aquella mujer gemebunda
Ha acaparado en toda su cocina.
Y es el eneldo inasible,
Es tanta muerte y tanto veneno
Que las mujeres dulces,
(De úteros turgentes)
No han sabido llenar su barriga de aceite,
No han sabido coger de sus tallos más verdes
Todo lo que el eneldo aún demora en su savia,
O la toxicidad de ponzoña sombría,
Narcótico furor de esta hierba detestable,
Abominable el hedor que se extendiere allende,
Y antipático el sabor que hace a la mujer tan bruja,
Bordando entre los claveles
Mil sábanas de burdeles,
Recuperando bebedizos
Para matar a las flores,
Por robar virginidades se haya inventado, el eneldo,
Y por hechicera, arpía, sáquese el ojo del sapo,
Y alíñese con eneldo.
Son esas mujeres negras,
Las que en sucios rituales
De gallinas y de sangre,
Eneldan las madrugadas y abandonan el maíz y lo vuelven todo en humus,
Porque el humus que fermenta,
Es el amor que, doliente,
Se acumula en sus gargantas,
Se materializa en cuerpos,
Se pudre bajo la tierra,
Y organiza los caminos,
Para lombrices eternas,
Para tenias milenarias,
Que devoran tantos menstruos
Que no hay bajo latifundios
Ni una gota del maíz que inunda todas las calles,
Cuando el hombre es luminoso,
Cuando el guisante amarillo da esperanza de ternura,
Y brota de las mazorcas todo lo que estaba muerto,
Todo el ungüento de madres,
Que velan a la verita
De alguna hostil fiebre brava,
Porque sus hijas calientes
Piden humus, linimento, bálsamo de sus terrores,
Y es el humus, no el eneldo, lo que las trae de cabeza,
Lo que supura en vigilia
En su entretela de perra.
Etiquetas:
El amor,
El eneldo,
El humus,
El intimismo,
El maíz,
Las obsesiones
jueves, 24 de febrero de 2011
El maíz
Con el kernel dorado y el maíz de los hombres
Voy a hacer la polenta que te ha de alimentar,
Voy a abrir las mazorcas,
(En comitiva de cobre, y simples)
Despiadada, los granos en mi matriz salvaje
(voy a hundir).
El maíz de los hombres ya no huele a placenta,
Y es, de noche, acicate para lobos y hienas,
Y de todo alimento en mi vientre marchito
Es maíz el que satura de acólitos el mundo,
El que llena las bocas de los pájaros sin madre
Y de los llantos tristes de las aves erradas.
Con maíz amarillo yo te he de alimentar,
Y has de catar azúcar refulgente y bruñido,
Y no has de transformar lo que comes en humus,
Pues sube de la tierra y en ella te humillas.
Y yo te enseñaré a buscarte los panes
Y a despanochar las matas de cabellos
Verdes,
Grana,
Donde se han, tus pestañas, tornado en rojas piñas
Porque eres de maíz, hombre de aliento jade,
Hombre color pajizo
De dolor quebradizo.
¿Que qué quiero hacer con el maíz?
Quiero llenar los puentes y llenar las aceras
Con un maíz que explote y que reverbere,
Las calles, callejones, los vastos adoquines
En lluvia de maíz que reviente en los rostros,
Y mate mariposas de muerte ambarina,
Y alcance,
Como misiles,
La ropa en los patios,
Y la llene de úlceras de almidón refulgente,
Porque son las vecinas, recogiendo en esos patios
Esas extensas sábanas tan blancas de armisticio,
Las que dan al maíz dimensión de mujeres
Y las que obran milagros con el repugnante eneldo.
Y si tiene el maíz el dolor femenino,
Bastará con hilarle las barbas de cerdas
En dos hermosas trenzas balanceando de pena,
Y así del corazón, del kernel mencionado
Ya sólo habrá que hacer algún guiso sagrado,
Porque saben las hembras amanecer con hielo
Recuperar las sobras de maíz (amor) desmigajado,
Y componer de nuevo la seda de las rutas,
Donde se han de bordar con los hilos enteros,
Azafrán, cañamazos y regueros de sangre.
Voy a hacer la polenta que te ha de alimentar,
Voy a abrir las mazorcas,
(En comitiva de cobre, y simples)
Despiadada, los granos en mi matriz salvaje
(voy a hundir).
El maíz de los hombres ya no huele a placenta,
Y es, de noche, acicate para lobos y hienas,
Y de todo alimento en mi vientre marchito
Es maíz el que satura de acólitos el mundo,
El que llena las bocas de los pájaros sin madre
Y de los llantos tristes de las aves erradas.
Con maíz amarillo yo te he de alimentar,
Y has de catar azúcar refulgente y bruñido,
Y no has de transformar lo que comes en humus,
Pues sube de la tierra y en ella te humillas.
Y yo te enseñaré a buscarte los panes
Y a despanochar las matas de cabellos
Verdes,
Grana,
Donde se han, tus pestañas, tornado en rojas piñas
Porque eres de maíz, hombre de aliento jade,
Hombre color pajizo
De dolor quebradizo.
¿Que qué quiero hacer con el maíz?
Quiero llenar los puentes y llenar las aceras
Con un maíz que explote y que reverbere,
Las calles, callejones, los vastos adoquines
En lluvia de maíz que reviente en los rostros,
Y mate mariposas de muerte ambarina,
Y alcance,
Como misiles,
La ropa en los patios,
Y la llene de úlceras de almidón refulgente,
Porque son las vecinas, recogiendo en esos patios
Esas extensas sábanas tan blancas de armisticio,
Las que dan al maíz dimensión de mujeres
Y las que obran milagros con el repugnante eneldo.
Y si tiene el maíz el dolor femenino,
Bastará con hilarle las barbas de cerdas
En dos hermosas trenzas balanceando de pena,
Y así del corazón, del kernel mencionado
Ya sólo habrá que hacer algún guiso sagrado,
Porque saben las hembras amanecer con hielo
Recuperar las sobras de maíz (amor) desmigajado,
Y componer de nuevo la seda de las rutas,
Donde se han de bordar con los hilos enteros,
Azafrán, cañamazos y regueros de sangre.
Etiquetas:
El amor,
El humus,
El intimismo,
El maíz,
Las obsesiones
lunes, 24 de enero de 2011
El Humus VI
He creído encontrar el humus negro
Y caliente
Con el que se reviste tu esqueleto,
Porque es de tan adentro que te emana.
Es un cigarro que me sabe a perro muerto,
Mojado,
Es un odre que quema
Ignífugo,
Tu humus que escalda a los gatos por dentro,
Con agua fría.
He creído encontrar el humus negro
Que te brota desde adentro, escarlatino,
Que me ahúma por de dentro, bermejoso,
Ese humus de tu lumbre en escabeche,
Ese humus,
Tan recio y extremado, tan de empaque,
Que se siente y se nota en el estaño de tus ojos.
No puedes esconder el humus marchito,
Marchito de buscar un montón meritorio
Donde extender estiércol y bregar por el grano,
Donde una redención de cosecha infinita
Ha de surcar la tierra en tu yunta perenne
Y ha de hallar los maíces de tu hacienda selecta,
Y ha de reproducir sempiternas panochas
Para este maizal que me buscas inside.
Que para qué te quiero
Tan lleno de humus pestilente.
Pues no lo sé, que me aspen si lo sé.
Mortificada, insalubre
Yo me encuentro aquí en mi lecho,
Y ni todo el melodrama de novela,
Ni el decimononismo de mi alma
Puede curarme de este Humus
Con que me infectaste, infecto.
Y caliente
Con el que se reviste tu esqueleto,
Porque es de tan adentro que te emana.
Es un cigarro que me sabe a perro muerto,
Mojado,
Es un odre que quema
Ignífugo,
Tu humus que escalda a los gatos por dentro,
Con agua fría.
He creído encontrar el humus negro
Que te brota desde adentro, escarlatino,
Que me ahúma por de dentro, bermejoso,
Ese humus de tu lumbre en escabeche,
Ese humus,
Tan recio y extremado, tan de empaque,
Que se siente y se nota en el estaño de tus ojos.
No puedes esconder el humus marchito,
Marchito de buscar un montón meritorio
Donde extender estiércol y bregar por el grano,
Donde una redención de cosecha infinita
Ha de surcar la tierra en tu yunta perenne
Y ha de hallar los maíces de tu hacienda selecta,
Y ha de reproducir sempiternas panochas
Para este maizal que me buscas inside.
Que para qué te quiero
Tan lleno de humus pestilente.
Pues no lo sé, que me aspen si lo sé.
Mortificada, insalubre
Yo me encuentro aquí en mi lecho,
Y ni todo el melodrama de novela,
Ni el decimononismo de mi alma
Puede curarme de este Humus
Con que me infectaste, infecto.
Etiquetas:
El amor,
El intimismo,
El maíz,
Las obsesiones,
No amas sino humus
lunes, 17 de enero de 2011
Sí amo, pero humo I
Si nadie me ha enseñado a ensartarte los ojos,
esos ojos redondos de niña sorprendida,
con la gélida aguja de husos de ruecas viejas,
a lavarte la cara esculpida en cartón piedra,
tan sembrada de luces y de polvo y de cisco,
o a retener tus manos que me buscan sin tino,
o a contar con los dedos tus vestidos de escamas,
o a escucharte de nuevo por comprender tu lengua,
o a correrme soñando que te tengo enlazada,
o a notar tus rodillas de agua cristalizada
cuando dan contra el suelo y el techo del infierno,
cuando esgrimes de noche tu tripa desgajá,
y violentas la calma de mi ensimismamiento,
de mi ombliguismo opiáceo
que te trae de cabeza,
porque no te das cuenta de que yo me doy cuenta
y que estoy aprendiendo a curar tus locuras,
y a cómo acariciarte los muñones de hiedra
por los que alguna savia o veneno de oruga
ha extendido entre el hierro de tu sangre lechosa
una ristra de arena que entorpece tu herida
un reguero de sal que te escuece en la llaga,
una red de burbujas que anega tus venas
un sopor de dolor en que sumes tus codos,
un sartal de sardinas muriendo en la playa. Yo no tengo la culpa. Niña.
Y son esos muñones los que llevan por dentro
todo lo que no dejas florecer como muelas,
deja romper la carne,
y resquebrajarse,
deja que reconozca la polenta en tu bazo,
deja que se macere el maíz en tu vientre
o el grano de este embrujo que te tengo extendido
como una enredadera de azúcar diverso,
porque soy lo que soy: un demonio perverso.
esos ojos redondos de niña sorprendida,
con la gélida aguja de husos de ruecas viejas,
a lavarte la cara esculpida en cartón piedra,
tan sembrada de luces y de polvo y de cisco,
o a retener tus manos que me buscan sin tino,
o a contar con los dedos tus vestidos de escamas,
o a escucharte de nuevo por comprender tu lengua,
o a correrme soñando que te tengo enlazada,
o a notar tus rodillas de agua cristalizada
cuando dan contra el suelo y el techo del infierno,
cuando esgrimes de noche tu tripa desgajá,
y violentas la calma de mi ensimismamiento,
de mi ombliguismo opiáceo
que te trae de cabeza,
porque no te das cuenta de que yo me doy cuenta
y que estoy aprendiendo a curar tus locuras,
y a cómo acariciarte los muñones de hiedra
por los que alguna savia o veneno de oruga
ha extendido entre el hierro de tu sangre lechosa
una ristra de arena que entorpece tu herida
un reguero de sal que te escuece en la llaga,
una red de burbujas que anega tus venas
un sopor de dolor en que sumes tus codos,
un sartal de sardinas muriendo en la playa. Yo no tengo la culpa. Niña.
Y son esos muñones los que llevan por dentro
todo lo que no dejas florecer como muelas,
deja romper la carne,
y resquebrajarse,
deja que reconozca la polenta en tu bazo,
deja que se macere el maíz en tu vientre
o el grano de este embrujo que te tengo extendido
como una enredadera de azúcar diverso,
porque soy lo que soy: un demonio perverso.
Etiquetas:
El amor,
El intimismo,
El maíz,
Las obsesiones,
Sí amo pero humo
jueves, 6 de enero de 2011
El Humus V
El sudor de tus recodos
Es metálico y salado,
Imagino.
Los brotes de tu garganta
Son durísimos y viejos,
Me espanta en la madrugada
La piel cetrina que oscurece tus mejillas,
Los macilentos párpados que se mueren de sueño,
La arritmia que me dejas en el pecho,
Hombre de maíz.
Me invades, me penetras, me acometes
Con tus macabras sordas afonías,
Sardónica tu risa y tu quijada,
Maleando la bondad que hay en mis ojos,
La curva cuenca ardiente de mis ojos,
Tan cándida y tan limpia mi mirada,
Insomne y embebida en tu disturbio.
La ronca cuenca sorda en mi faringe,
Las notas asinfónicas que canto,
Canto tan apagadito
De mi rescoldo inaudito,
Que no se oye en esta noche
Tan inundada de acentos.
Y el humus de tus ojos no se marcha,
El humus de tu piel me empalidece,
El humus de tu boca corrompido,
El humus de tus labios emponzoña,
El humus de tus hoyos putrefacto,
El humus de tu cuerpo descompuesto.
El humus como un dios desintegrado,
Como un antiguo resto, vieja gloria.
Un ídolo de piedra un poco absurdo,
Arcaica la obsesión de aquellos cultos,
Un humus resarcido de tropiezos.
Pero no existe, no,
Tal perfección de humus,
Tal sinemácula de esencias,
Tal tumulto del estómago envolvente,
Como llamas al dolor tan de repente.
Te atreves a ponerle nombre a mi dolencia,
Te crees que sabes todo, hombre de grano,
Teatralizas la ternura de mis ojos,
Y escarchas las pestañas de mis ojos,
Salpicas con humores mi pellejo,
Rocías con migajas mi pellejo,
Esparces las cenizas de mis ojos
Congelas las esquirlas de mis ojos.
Con el humus que te brota de mazorcas.
Es metálico y salado,
Imagino.
Los brotes de tu garganta
Son durísimos y viejos,
Me espanta en la madrugada
La piel cetrina que oscurece tus mejillas,
Los macilentos párpados que se mueren de sueño,
La arritmia que me dejas en el pecho,
Hombre de maíz.
Me invades, me penetras, me acometes
Con tus macabras sordas afonías,
Sardónica tu risa y tu quijada,
Maleando la bondad que hay en mis ojos,
La curva cuenca ardiente de mis ojos,
Tan cándida y tan limpia mi mirada,
Insomne y embebida en tu disturbio.
La ronca cuenca sorda en mi faringe,
Las notas asinfónicas que canto,
Canto tan apagadito
De mi rescoldo inaudito,
Que no se oye en esta noche
Tan inundada de acentos.
Y el humus de tus ojos no se marcha,
El humus de tu piel me empalidece,
El humus de tu boca corrompido,
El humus de tus labios emponzoña,
El humus de tus hoyos putrefacto,
El humus de tu cuerpo descompuesto.
El humus como un dios desintegrado,
Como un antiguo resto, vieja gloria.
Un ídolo de piedra un poco absurdo,
Arcaica la obsesión de aquellos cultos,
Un humus resarcido de tropiezos.
Pero no existe, no,
Tal perfección de humus,
Tal sinemácula de esencias,
Tal tumulto del estómago envolvente,
Como llamas al dolor tan de repente.
Te atreves a ponerle nombre a mi dolencia,
Te crees que sabes todo, hombre de grano,
Teatralizas la ternura de mis ojos,
Y escarchas las pestañas de mis ojos,
Salpicas con humores mi pellejo,
Rocías con migajas mi pellejo,
Esparces las cenizas de mis ojos
Congelas las esquirlas de mis ojos.
Con el humus que te brota de mazorcas.
Etiquetas:
El intimismo,
El maíz,
Las obsesiones,
No amas sino humus
lunes, 13 de diciembre de 2010
El Humus IV
La fascinación que en mí producen
El maíz de tus pestañas y tu vello,
Sigue sin ser acicate
Del recuerdo que te guardo en demasía.
El maíz de tus cabellos
Es amelga que amalgama
Todo lo que haría por tu vientre,
Todo lo que ha sido construido
Sobre la laxa ruta del olvido,
Las hiladas palabras de tu boca.
Y es el mismo maíz,
El que engrana las cuencas de mis ojos,
Dinamita mi piel a finas tiras,
Detona en oquedades gravitadas,
Y explota en las aristas de mis muslos,
Alcornocado en tanto que crujiente.
Y es el mismo maíz el que se pudre,
El que cubre tu pecho y tus cabellos,
Y profético anuncia maizales,
El que cubre tus manos y tus codos,
Y reviste el hueco de tus rodillas,
Y funesto oracula las verdades
De la memoria corta que te oprime,
De la poca presencia de mi mijo,
Que es como porridge lenta,
Panacea
De todas las hambres del mundo,
De las altas tierras verdes,
De la espiga del sur seco,
De ensambladuras recientes,
De tus armas, de tus dientes.
El maíz de tus pestañas y tu vello,
Sigue sin ser acicate
Del recuerdo que te guardo en demasía.
El maíz de tus cabellos
Es amelga que amalgama
Todo lo que haría por tu vientre,
Todo lo que ha sido construido
Sobre la laxa ruta del olvido,
Las hiladas palabras de tu boca.
Y es el mismo maíz,
El que engrana las cuencas de mis ojos,
Dinamita mi piel a finas tiras,
Detona en oquedades gravitadas,
Y explota en las aristas de mis muslos,
Alcornocado en tanto que crujiente.
Y es el mismo maíz el que se pudre,
El que cubre tu pecho y tus cabellos,
Y profético anuncia maizales,
El que cubre tus manos y tus codos,
Y reviste el hueco de tus rodillas,
Y funesto oracula las verdades
De la memoria corta que te oprime,
De la poca presencia de mi mijo,
Que es como porridge lenta,
Panacea
De todas las hambres del mundo,
De las altas tierras verdes,
De la espiga del sur seco,
De ensambladuras recientes,
De tus armas, de tus dientes.
Etiquetas:
El amor,
El intimismo,
El maíz,
Las obsesiones,
No amas sino humus
miércoles, 3 de noviembre de 2010
El Humus II
Hampón estrecho de miras,
¿Es que no te has dado cuenta
Que escribo para olvidarme
De tu tonsura de monje,
De tus ojos, hendiduras,
De tu cuerpo de maíz,
De tus labios de marisma,
De tus dedazos de arcilla?
Eres un bribón de calle,
Un patán de carretera,
Un borrachuzo de barra,
Un canalla de burdel,
Un miserable de tasca,
Un golfo de puticlub,
Un matón de lupanar,
Un fanfarrón de tugurio,
Un truhán de cuchitril,
Un rufián de bodegón,
Un tunante de motel,
El hijoputa de un antro
Que se rebela mezquino
Que mísero te apuñala,
Por un poco de carnaza,
Por el muslo meretriz
De alguna zorra barata.
Eres un lumpen del hampa,
Un proletarien sin vida,
Un vendido maleante,
Un traficante de alientos,
Jerigonzante y siniestro.
Y además, hueles a humus.
¿Es que no te has dado cuenta
Que escribo para olvidarme
De tu tonsura de monje,
De tus ojos, hendiduras,
De tu cuerpo de maíz,
De tus labios de marisma,
De tus dedazos de arcilla?
Eres un bribón de calle,
Un patán de carretera,
Un borrachuzo de barra,
Un canalla de burdel,
Un miserable de tasca,
Un golfo de puticlub,
Un matón de lupanar,
Un fanfarrón de tugurio,
Un truhán de cuchitril,
Un rufián de bodegón,
Un tunante de motel,
El hijoputa de un antro
Que se rebela mezquino
Que mísero te apuñala,
Por un poco de carnaza,
Por el muslo meretriz
De alguna zorra barata.
Eres un lumpen del hampa,
Un proletarien sin vida,
Un vendido maleante,
Un traficante de alientos,
Jerigonzante y siniestro.
Y además, hueles a humus.
Etiquetas:
El amor,
El intimismo,
El maíz,
La chabacanería,
Las obsesiones,
No amas sino humus
jueves, 21 de octubre de 2010
El Humus
El humus que despides
(Estás muerto)
Es el único indicio que de ti tengo,
De que el trigo que brota de tu barba
No es granado,
Ni es humano,
Está viciado.
Y es el humus que despides
El que me hace imaginarte
(Necrofilia)
Creciendo entre mis piernas,
Más adentro,
Espiga y mies,
Rozando lo interpelado,
Como un sarraceno
Que no se haya de cansar nunca de ver carne,
Habiéndole sido negada.
El humus que despides,
Es pestilencia de aislamiento
Es soledad de maizales,
Es mijo y grano de los más resecos,
Eres maíz, como todos los hombres,
Criollo, indiano, colono y emigrado,
Todo ello a un tiempo,
Enmaïzado y enraïzado,
Trigo de moros,
(Que le llaman en mi tierra).
Y de la tierra, se nos levanta el humus
Que persigue mis hocicos diamantinos,
Tan avezados en la muerte blanda,
Acostumbrados
Tanto,
A la constante harvest,
Que es recogida,
Y otoñizante,
Como mazorcas, como panojas,
De tanto vello y de tan espeso,
Que el mismo humus
Se pudre lento.
(Estás muerto)
Es el único indicio que de ti tengo,
De que el trigo que brota de tu barba
No es granado,
Ni es humano,
Está viciado.
Y es el humus que despides
El que me hace imaginarte
(Necrofilia)
Creciendo entre mis piernas,
Más adentro,
Espiga y mies,
Rozando lo interpelado,
Como un sarraceno
Que no se haya de cansar nunca de ver carne,
Habiéndole sido negada.
El humus que despides,
Es pestilencia de aislamiento
Es soledad de maizales,
Es mijo y grano de los más resecos,
Eres maíz, como todos los hombres,
Criollo, indiano, colono y emigrado,
Todo ello a un tiempo,
Enmaïzado y enraïzado,
Trigo de moros,
(Que le llaman en mi tierra).
Y de la tierra, se nos levanta el humus
Que persigue mis hocicos diamantinos,
Tan avezados en la muerte blanda,
Acostumbrados
Tanto,
A la constante harvest,
Que es recogida,
Y otoñizante,
Como mazorcas, como panojas,
De tanto vello y de tan espeso,
Que el mismo humus
Se pudre lento.
Etiquetas:
El amor,
El intimismo,
El maíz,
Las obsesiones,
No amas sino humus
martes, 6 de julio de 2010
Adamantium
No te he dejado pergeñar por un momento
El orden de mi médula espinosa
Porque eso corre de mi cuenta, torpe,
Porque es concisa la disposición
De mi osamenta,
Que es mi esqueleto de adamanto puro,
Es impertérrito este litio de mis huesos,
Y cuando me sacudes desde abajo
Recorre mi armazón un dolor lento.
No te he dejado estudiar
Con esa precisión
Astronómica
La dureza cascaresca de mi piel cuando me agitas,
Paquidérmica y disecatoria tez
Con la que me protejo de tu abrigo,
Con la que hago capullos y envolturas
Para zafarme a tiempo de tu córnea,
Para que no me mires tan quedito.
Pero sí te dejaré que me alimentes
Con esa libación de tus mohínes,
Con el maná que llueve de tu pelo,
Con el cebo intransferible de tus ojos,
Con el maíz que crece en tus pestañas.
Cuando hayas sido mi nodriza y amo
Dejaré que me remuevas tremedales,
Zarandeando mi columna vertebral,
Desarmando fortalezas en mi ombligo,
Y juro que no opondré resistencia.
El orden de mi médula espinosa
Porque eso corre de mi cuenta, torpe,
Porque es concisa la disposición
De mi osamenta,
Que es mi esqueleto de adamanto puro,
Es impertérrito este litio de mis huesos,
Y cuando me sacudes desde abajo
Recorre mi armazón un dolor lento.
No te he dejado estudiar
Con esa precisión
Astronómica
La dureza cascaresca de mi piel cuando me agitas,
Paquidérmica y disecatoria tez
Con la que me protejo de tu abrigo,
Con la que hago capullos y envolturas
Para zafarme a tiempo de tu córnea,
Para que no me mires tan quedito.
Pero sí te dejaré que me alimentes
Con esa libación de tus mohínes,
Con el maná que llueve de tu pelo,
Con el cebo intransferible de tus ojos,
Con el maíz que crece en tus pestañas.
Cuando hayas sido mi nodriza y amo
Dejaré que me remuevas tremedales,
Zarandeando mi columna vertebral,
Desarmando fortalezas en mi ombligo,
Y juro que no opondré resistencia.
Etiquetas:
El amor,
El intimismo,
El maíz,
El poemario: "Los demonios que me quedan",
Las obsesiones
Suscribirse a:
Entradas (Atom)